domingo, 13 de marzo de 2011

La Historia de Jose.

                 Valparaiso y Viña del Mar son ciudades aledañas, bañadas por un mar imponente y majestuoso que está siempre presente, al punto de hacerse parte de la cotidianeidad de los habitantes que en las alturas de sus cerros urbanizados, de sus escaleras y callejones, pueden en cualquier momento perder la mirada por un instante en el horizonte, y ver los barcos que llegan o se alejan, o el sol agonizando en atardeceres, cual bola de fuego tragada por ese mar que me brindó los mejores recuerdos de mi infancia. Muelle Vergara, la piscina que estaba en 8 norte con San Martín, el Coliseo, actual plaza frente al mall, el club Everton al cual acudía en bicicleta a jugar ajedrez durante los veranos. En fin, es y será un privilegio habitar esta zona, por toda la historia acumulada en sus rincones, en sus cerros iluminados en noches centelleantes... patrimonio, cultura, bohemia, turismo, festival, playas, son parte importante de sus activos. Lo triste es su sistema de transporte público.
              Para entender un poco más, conoceremos la antítesis de Monsieur Bom-bom, un conductor del transporte público chileno, al desnudo...
                  A José le gustaba conducir, tambien el mundo que gira en torno a su micro. Pajaseros habituales, aseadores y otros colegas conformaban su círculo de amistades mas cercanas. Había crecido en la pisadera como auxiliar y no conocia otra manera de ganarse la vida .
                 A los trece años dejó la escuela y comenzó ayudando por monedas a asear la máquinas que estacionaban cerca de su casa. Era despierto  a pesar de su evidente tartamudez. Pronto estaba en la pisadera de una de estas máquinas y ponía su mejor esfuerzo en echarle pasajeros... "A Viña-pe-pe perto!...Viña,Viña... pe-pe perto..." se le escuchaba gritar en los paraderos provocando la sonrisa y la simpatía de pasajeros que abordaban su máquina. Con los años logró vencer su tartamudez y ahora era un chofer de locomoción colectiva licitado del gran Valparaíso.
                   El hecho de trabajar a porcentaje  le aseguraba una renta suficiente, pero a cambio debía soportar humillaciones, malos tratos, y achacar la culpa de todas las evidentes injusticias "al sistema" en el cual se desarrollaba el transporte público. Había trabajado a cuota y a porcentaje, y en ambos casos había que luchar por la moneda.
                   En el troncal todos los conductores deben disputar los pasajeros mostrándose los dientes unos a otros para que al final del día el patron les dijese en tono socarron "anduviste con la puerta cerrada perrito"... "Están bajas tus guías, ponte la camiseta".

...
                   Era una mañana de otoño fría y nublada, con una suave llovizna cayendo sobre sus espaldas y el piso un tanto resbaloso le impedían apurar el tranco. Debía estar en la garita a las 6 de la mañana para cubrir el pase de 6.15. Había dormido poco y mal, sentía un cansancio acumulado de días, no solo físico sino también mental, le esperaban una pista resbaloza y tiempos a cumplir que eran otorgados mezquinamente. Además tenía la responsabilidad no solo de conducir, sino la de hacer plata, buscar el pasajero, o la cortada como se estila en la jerga autobusera, lo que hacía el trabajo altamente estresante, debido a la rivalidad, niveles de odiosidad que tal sistema imponía a los conductores.
               En un principio la competencia no le importó, pues sabía y era bueno actuando bajo presión. Los tiempos de desplazamiento eran directamente proporcionales a la avidez de los empresarios que los imponian, aplicando castigos diversos por los atrasos, lo que derivaba en carreras y colleras con otros conductores sometidos a una presión similar, "y al que no le guste, el portón de la garita es lo bastante ancho para largarse".
                  Logró llegar para revisar aceite, agua, retirar la guía y a la lucha... José era joven aún, tenía 4 hijos, esposa y suegra a mantener, y cuentas a cancelar. Por tanto, debía hacerse a la idea de que el sistema era así, por lo que estaba dispuesto a luchar por su "caliche", y si debía mostrar los dientes lo haría como el que más...
                  José salió de la garita a cinco minutos de su compañero, no obstante, había salido exactamente a la hora. Ocho minutos debían separarlo de su predecesor y de su antecesor, pues esa era la frecuencia en la mañana, lo que inplicaba que el compañero de adelante le estaba estrujando el horario. Era uno de los auto denominados "artistas", en teoria capaces de estirar su horario y después marcar la hora. El primer sapo que vio le anuncio la frecuencia, "10x5" le gritó, el artista de adelante se fabricó 10 minutos de cortada. José debió continuar lentamente, sabiendo que el reloj lo llamaba y debería correr pasado el centro de la ciudad. Los dientes apretados, un nudo en el estómago, la adrenalina a mil. El troncal comenzaba a recibir los vehículos que convergían de los barrios, principalmente en dirección a Viña y Valparaíso. Decenas de máquinas salían de los sectores y en el troncal disputaban los paraderos y los espacios de la calzada. Innumerables autos particulares, taxis y colectivos, dificultaban la tarea de José, agravada por la cantidad de semáforos.
              Había logrado subir unas cuantas personas, pero era el momento de ir a buscar el punto de la próxima marca. Hizo caso omiso de manos que lo llamaban, pasó amarillas con gusto a rojo, se abrió paso entre las otras micros que le disputaban los locales. A punta de cortes, logró llegar 1.50 de atraso, consuelo, estaba dentro de la tolerancia, mientras el sapo del lugar le gritaba: "¡vas a 6 minutos...!"
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